Esta es la verdadera historia, habrá quién piense que, como parte interesada, distorsiono la realidad, que omito detalles o que, directamente, miento, pero sólo soy un mero notario y, como tal, me limito a reflejar los hechos justo del modo en que sucedieron, tal y como suceden.
Ella vivía en una tarta de fresa rodeada de cientos de hectáreas de gominolas, cada día se sentaba a la sombra de una piruleta a reposar de su paseo vespertino viendo el río de sirope de caramelo, donde, temeraria, a veces se metía para pescar alguna chuchería para la cena.
Cada mañana, el fornido príncipe se levantaba con el sol, se enfundaba su ajustada camiseta (ajustada pero sin hacer ostentación) y se dirigía a sus campos a seleccionar las más exquisitas golosinas que endulcen el desayuno que habría de llevarle a su amada.
Ella le esperaba ya enfundada en su vestido de tules, descomunal volumen y larga cola de un rosa a juego con sus arreboladas mejillas, dispuesta a darle los buenos días.
-Fornido príncipe, ¿sois feliz?
-Lo somos, bella princesa, bendigo el día que Kobe os puso en mi camino para que tropezara con vos... las dos veces. Pero decidme, bella princesa, ¿os sentís dichosa?
-Nos sentimos, fornido príncipe, bendigo el día que Kobe me dio estómago para besar a una rana... las dos veces.
Y mientras la bella princesa degustaba el frugal desayuno, el fornido príncipe, disimulando una lágrima de emoción, tañía el laúd cantándole bellas melodías que exaltaban su amor puro y apasionado.
Así transcurrían los días, entre miradas y gestos de complicidad, eran comprensivos con sus defectos, sobre todo la bella princesa, eran tolerantes con sus debilidades, sobre todo el fornido príncipe.
-Fornido príncipe, decidme que nunca nada ni nadie logrará separarnos.
-Bella princesa, sic transit gloria mundi.